Título: Después del funeral (After the funeral)
Autor: Agatha Christie
Traducción: C. Peraire del Molino
Fecha de publicación: 1 de enero de 1981 (original 1954)
Editorial: Molino
Páginas: 253
Precio: 6,59 €
Dos asesinatos. Una jugosa
herencia. Una familia en la que todos son sospechosos.
Tras la muerte inesperada del
millonario Richard Abernethie, su familia se reúne para leer el testamento: los
bienes se repartirán entre los integrantes a partes iguales, aunque algunos no
parecen satisfechos con este acuerdo. Cuando Cora, la hermana de Richard,
asegura que este ha sido asesinado, todos lo atribuyen a su excéntrico carácter
y no le dan importancia. Sin embargo, al día siguiente Cora es brutalmente
asesinada, y sus palabras toman un nuevo matiz. Cada uno de los integrantes
tenía una razón para quedarse con su parte de la herencia y ninguno tiene una
coartada convincente. ¿Quién ganaba más con las dos muertes? Hércules Poirot se
encargará de resolver este crimen en el que las apariencias engañan.
Opinión
“−Todo esto comenzó en un funeral,
o mejor dicho, para ser exacto, después de un funeral”
Empezamos con un funeral. La muerte
ya ha ocurrido, ha empezado el duelo y toca repartir la herencia. Pero la combinación
de dinero, secretos y familia nos anuncia que esto no acaba con un simple
entierro…
Estamos ante otro caso de Poirot,
un detective belga, retirado, no muy alto, con cabeza de huevo y un bigote un
tanto característico. En esta ocasión ha tardado en aparecer, pero hay que
reconocer que ha merecido la pena la espera. Poirot observa, escucha y deja que
los demás hablen mientras él va elaborando sus teorías.
En las novelas de Agatha Christie hay que leer con cuatro ojos y bien atentos, porque nunca sabes dónde puede estar aquel pequeño detalle que te lleve hasta el asesino. Y, por eso, después de comentarlo en el club, he acabado de entender algunas cosas que no había comprendido del todo bien o, simplemente, había pasado por alto. Así que sí: mejor cuatro ojos que dos. O, en este caso, muchos más. Lo que a una persona se le escapa, otra lo ve; lo que uno interpreta de una manera, otro lo explica desde otro punto de vista.
Aunque la novela me ha gustado, ha
habido algunos aspectos que me han chirriado un poco y me han parecido “puestos
con calzador”. No obstante, ha habido otros que están muy bien construidos y
consiguen que el misterio funcione.
Uno de los personajes que más me ha
llamado la atención ha sido Cora. ¿Por qué? Porque la trata como una bobalicona.
Incluso se llega a decir del: “la pobre y tonta Cora”.
Y volvemos otra vez con los nombres
raros. En esta ocasión, tenemos al señor Entwhistle, al que, inevitablemente, he
bautizado como el señor silbido; o a Landscombe, al que he relacionado con un
peine. Y estas pequeñas asociaciones me ayudan, porque una cosa es leer una
novela de misterio y otra recordar quién es quién cuando aparecen nombres de
este estilo.
También me he encontrado un hubiera
escrito con “v”. Inmediatamente, tuve que buscar información por si hubo alguna
época en la que se escribió así. Porque uno puede estar leyendo una novela de
Agatha Christie, pero se encuentra un ‘huviera’ y necesita resolver ese
misterio antes que el propio Poirot. (Sí. Existió ‘huviera’. Misterio lingüístico
resuelto).
Y luego está la comida. Todo el día
mencionan lo que comen, y hay que decir que todo tiene una pinta estupenda.
Habían cenado lenguado
verónica, seguido de escalopas de ternera a la Milanesa, que
precedieron a una poire flambée.
Bebieron Poully
Fuisse, luego Corton, y ahora, junto al codo del señor Entwhistle,
reposaba una copa de buen oporto. Poirot, que no gustaba del oporto, bebía una
copita de crema de cacao.
Y ahora una anécdota curiosa. Un día
hice un dictado de un fragmento del libro a mis alumnos. Antes de ello, les pregunté
si conocían a Agatha Christie. Uno me contestó que sí, que había leído Diez
Negritos, y empezó a explicar su argumento al resto de la clase. Algunos de
los compañeros se interesaron por la historia.
Hicimos el dictado y, al acabar, se
me acercó una chica que me preguntó cuál era ese libro, que le había interesado
y se lo iba a leer.






